Año Nuevo

Un año termina y un año comienza…
Y es que para que algo empiece a veces algo tiene que terminar, para que algo nazca muchas veces algo tiene que morir… Quizá mi pretensión de eternidad quiere retener el tiempo, encerrar la vida… Pero – gracias a Dios- no puedo retener la vida en mis manos.
 La vida y el tiempo, se me regalan como una hoja en blanco, en la que día a día se va forjando mi historia, llena de luces y sombras, de opciones discernidas y de decisiones mal tomadas… una vida acariciada por alegrías compartidas y tristezas rehusadas… por sueños que me impulsan y miedos que me acobardan…
Así,  mi tiempo se va entretejiendo, acompasando sus pasos con el de tantas personas que acompañan mi camino, a veces cansado. Así la vida me va HUMANIZANDO, y nuestro Dios me va haciendo “más de verdad”, más vulnerable, más sencilla, más frágil…
El tiempo pasa, y el Dios de la Vida me espera en cada segundo para hacerme más como Él; para enseñarme su Misericordia y su Bondad, para sacarme de mis esquemas cerrados, de mis murallas protectoras, de mis ideas preconcebidas, para lanzarme a la entraña de la Vida, allí donde están sus preferidos – los pequeños- enseñándome  a amar y a vivir,  en los márgenes de la vida y de la historia.
Siempre es tiempo de volver a empezar…
No creo en los buenos propósitos que solía hacer frente a un año nuevo que comenzaba, y  que pocas veces he llevado  a cabo. Creo más bien en los deseos profundos que el Señor pone en mi corazón, y que aun a tientas y sin atisbar del todo el horizonte, me impulsan a “empezar de nuevo”, cogiendo la vida en mis manos, acogiendo mis errores, reconociendo y agradeciendo tantos dones recibidos en este año, tantos “milagros” de los que he sido testigo, tanta esperanza que me ha envuelto y que no  se ha dejado vencer por el sinsentido, tantos silencios a través de los que me he reencontrado…  Creo en esos deseos que habitan mi corazón –aunque a veces los deje adormecer-  y que me desinstalan, y me impulsan a saltar hacia el compromiso radical de la propia vida –para TODO y para SIEMPRE- arriesgándolo todo a una sola carta: Dios y su Reino.

                                                                                                                                                                                    Olalla González, RMI

Con María

Ese día Él pidió un poquito de sitio.

Se lo pidió a ella como un susurro,

porque sabía que podía confiar plenamente.

Nadie como ella le enseñaría lo que es la ternura,

nadie como ella le enseñaría a gritar las necesidades del pueblo,

nadie como ella había aprendido tanto a sonreír y a poner su vida

al servicio de los demás.

Por eso, Él le pidió un poquito de sitio.

Y el susurro que ella escuchó aquel día fue:

¿Quieres ser mi madre?

Y ella respondió: Sí.

Y Él ocupó el pequeño espacio de un vientre,

el mismo espacio que todos ocupamos

cuando empezamos a existir.